Las aventuras del Chivo. Parte IV

FLOR

Estudiaba conmigo, pero no fue sino hasta que entré en las residencias 2000 buscando a Daniel cuando la conocí. Estaba con una amiga, Sandra. Buen cuerpo, poca edad y cabeza, combinación ideal para un joven de diecisiete años sin padre y madre cerca. Sandra también estudiaba conmigo.

Como siempre comencé a caerle a Sandra y terminé empatado con Flor. Aun no se si fue buena decisión, pero Sandra me pareció tan fuera de este mundo –por lo loca – que decidí caerle, como siempre, a la menos bella.

Lo único malo que tenía Flor, aparte de su nariz de cohete, de que jodía mucho y de me ladillaba que jode, era su papá. El tipo no me podía ver ni en pintura, tanto es así que tiempo después de empatarme tuve que firmar una caución de no agresión, pero esa es otra historia.

Como ya mencioné antes, Flor era conocida en la 2000 como Nariz de Cohete, mal nombre si tomamos en cuenta que venía del Pichache. Tenía un par más o menos respetable y su mejor cualidad era el Jeep CJ 7 que tenía. Realmente lo único malo de Flor no era tanto su papá, sino que el Jeep era automático.

En fin, gracias al Jeep conocí la carretera Panamericana. Esa si que fue una ruta espectacular. Es increíble la cantidad de aventuras que puede uno pasar sin salir de la Zona Metropolitana.

La primera vez que fui a un motel, fue en Caracas y fue con Flor. Fuimos al Panorama. Ella era muy exigente por lo que pedimos una suite con jacuzzi, baño de vapor y esas mariqueras. La habitación era más grande que el apartamento en el que vivía y la hubiésemos pasado muy bien de no haber sido porque al terminar de echar el primero me dieron unas puntadas – muy conocidas por mí – en el estómago.

Sí, me estaba cagando. Yo, en una habitación de un motel, con un culo en la cama, la habitación totalmente pagada, las puntadas, el jacuzzi, todo me empezó a dar vueltas hasta que dije:

– Amor ya vengo, me estoy orinando.

Flor y yo no teníamos mucho tiempo saliendo juntos, por lo que no le pude decir la verdad. Me estaba cagando.

Entré al baño y eché lo que para entonces fue la cagada más grande de mi vida. Un conjunto de leños rellenaba la apacible superficie acuífera de la poceta. No voy a mentir, me sentí muy aliviado, pero no todo iba a resultar tan sencillo.

Cuando fui a bajar la palanca de la poceta me di cuenta de que el nivel de agua en vez de bajar, subió. No me alarmé, pues en mi casa en Barquisimeto siempre pasaba lo mismo. Haz lo que haces en tu casa – pensé –, así que llené un poco más el depósito y bajé la palanca de nuevo, pero no funcionó, el nivel siguió aumentando. Como no bajaba decidí tomar el chupón y utilizarlo invertido para partir la leña, pues pensé que por su tamaño impedía que bajase el agua, me equivoqué de nuevo. No puede ser – me dije –, hazlo de nuevo, y así lo hice. Craso error. Tiempo después llegué a la conclusión de que solo un idiota puede repetir un procedimiento y esperar un resultado diferente.

El agua de la poceta se desbordó – con todo su contenido – por todo el piso. Un lago de agua sucia y mierda en cubitos cubría lo que anteriormente había sido un hermoso piso de relucientes baldosas. Al ver esto salí corriendo del baño. Imagínense por un momento la imagen que vio Flor cuando salí del baño desnudo – aunque con mi culo bien limpio, dicho sea de paso – asustado y corriendo. Me armé de valor y se lo dije.

– Vida, tenemos un inconveniente en el baño – dije con mucha propiedad.

– ¿Qué pasó? – dijo ella de la más desinteresada de las formas.

– Bueno, nada serio, es que se salió el agua de la poceta.

– Sécala con el coleto, pues – evidentemente ella no podía imaginarse la magnitud del asunto.

– Nojoda, ¿te volviste loca?, se salió con todo lo que tenía adentro.

– Recógelo con el coleto, pues – dijo ella no sin antes comenzar a sonreír un poco. Aun no comprendía, no se porque razón, pero le costaba entender que la situación del baño estaba fuera de mi control

– Esteee, Flor, cariño – decidí optar por el método audiovisual – ¿quieres venir un momento y asomarte al baño, por favor?

Así lo hizo y con el mismo impulso que entró salió riéndose. Había puesto la gran cagada – en lo literal y en lo figurado – y ella se reía. Esto disminuyó un poco mi vergüenza. La vergüenza es un sentimiento que pocas veces he vivido, nunca he sido muy amigo de estar sintiendo pena o arrepintiéndome de lo que hago, pero ese día la sentí, lo confieso, sentí vergüenza ese día.

Después del ataque de risa se nos ocurrió llamar a la recepción, ¿qué más podíamos hacer? Lo difícil apenas comenzaba.

– Aló, mire, esteee, tenemos un problemita con el baño – dije después de haber ensayado mentalmente qué coño decirle a una persona que ni me conoce sobre un baño lleno de mierda.

– Ajá, sí, dígame – contestó la voz del otro lado. El típico hombre de recepción, fastidiado de poner porno tras porno mientras en las habitaciones la gente hace lo suyo, creyendo conocer y haber visto todo lo imaginable en su vida.

– Mire, el agua de la poceta se botó, necesitamos que vengan a acomodarlo –me atreví, sí, me atreví a decirle que no solo bastaba con que supiera lo que ocurría, necesitaba que me resolviera el problema.

– Bueno, ya le mandamos a alguien para que lo limpie.

– Ok, está bien.

Como a los cinco minutos llego un tipo con tremenda pinta de plomero. Flor se escondió en una esquina, entre sábanas, mientras yo “arreglaba” la situación.

– ¿Qué pasó chamo? – me dijo el tipo.

– Se botó el agua de la poceta, pana – contesté.

El muy ingenuo entró al baño y al igual que Flor con la misma que entró, salió. Se dirigió al teléfono, no sin antes pedir permiso para ello y marcó el número de la recepción.

– Aló ¿Richard? Es Pedro, mira, a esta gente hay que cambiarla de habitación –dijo el hombre de la braga marrón.

– (espacio en el que hablaba el tipo de recepción).

– En serio hay que cambiarlos de habitación.

– (espacio en el que hablaba el tipo de recepción).

– Porque sí.

– (espacio en el que hablaba el tipo de recepción).

– No seas pendejo yo no voy a limpiar esa mierda.

– (espacio en el que hablaba el tipo de recepción).

– ¡Mierda, guevón, mierda!

– (espacio en el que hablaba el tipo de recepción).

– Ta’ bien, chao.

Se dirigió a nosotros y nos dijo que nos iban a cambiar de habitación, que no nos preocupáramos y se fue. Nos cambiaron de habitación, pero Flor se sintió tan apenada que nos fuimos como a los diez minutos. Como lo dije antes, la había cagado.

Tuve que luchar mucho para volver a convencer a Flor de que esta vez sería diferente, que no pasaría nada como aquello y lo logré. Dos meses después de pasar hambre, de estar a pan y agua, fuimos otra vez a la Panamericana, esta vez al Colonial.

Tal y como sucedió en la vez anterior después de echar el cafetero volvieron los dolores estomacales. Al principio trate de negarlo. No, no puede ser, esto no me puede pasar a mi, de nuevo, pero era inútil. Nuevamente tenía el pantano flojo en una habitación de un motel, con la misma mujer, después de lo mismo. Me hice el paisa y fui al baño como si no pasara nada, hice mi gracia y a que no adivinan qué pasó cuando trate de bajar la palanca: el nivel de agua subió.

Dos meses después de aquella desgracia se repetía la historia, el agua no bajaba, subía y el leño se encontraba ahí, flotando en el medio de la poceta. Por un momento llegué a pensar que nos iban a sacar de la habitación, del hotel, o algo así, pero me calmé e ideé que hacer.

La experiencia me sirvió de mucho, no traté de triturar al leño como hacía dos meses. Esta vez lo dejé vivir. Además, ahora había un solo leño, no varios como la última vez. Miré alrededor y me di cuenta que la solución estaba al frente de mis narices: en el papel tualé.

Saqué el rollo de papel de su sitio y me cubrí el brazo con varias capas de papel, una encima de la otra, tal y como me hacía las vendas del tobillo cuando tenía un esguince. Después de cubrirme, introduje la mano en la poceta en procura del susodicho, lo agarré y decidí arrojarlo por la ventana, sin importar las consecuencias. Lo hice, lo arrojé por la ventana, solo que la ventana tenía una rejilla protectora, por lo que el mojón nunca llegó a abandonar el baño. Cayó en la repisa que sirve de base a la ventana, y ahí se quedó. Me hice el guevón y salí del baño como si nada. Me acosté en la cama y le dije a Flor:

– No vayas a usar el baño, la poceta está mala.

– ¿Qué pasó? – dijo alarmada – ¿lo volviste a hacer?

– No, vale. Solo oriné, pero no funcionó muy bien cuando la traté de bajar. Así que no la uses – dije con mucha propiedad, como si no fuera conmigo la vaina.

Flor colocó su cabeza sobre mi pecho y durmió profundamente, me había creído, confiaba en mí.

Mientras me alejaba del motel pensaba en el solitario mojón, ahí, solo en la repisa, esperando a ser encontrado por alguna cachifa, o algún cliente, esperando un par de días para ser encontrado por su hedor, esperando ahí, solo… siempre me he preguntado qué cara pondría y qué pensaría el que lo encontró, el que encontró esa parte tan profunda de mi. Creo que nunca lo sabré.

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